miércoles 4 de enero de 2012

Encuentros


foto: gilbert fadda - all rights reserved.








Los días aislados de asueto son como los domingos. Por la mañana todo es fiesta, luz y color. Te levantas un poco más tarde, tampoco demasiado. Te preparas un café sin prisas, viendo cómo la nespresso empieza a hacerse de rogar y no se enciende con la prontitud deseada, despachando la correspondencia electrónica, leyendo rápidamente los titulares que desde su envase telemático exudan pesimismo por cada palabra.

Propones un café a un amigo para seguidamente decirle que tu madre acaba de llamarte para quedar. Lo haces encantado, te reúnes con ella en el Mandarín Oriental, tomas un cortado y un vichy, te sirven un cuenco blanco con pequeñas magdalenas y otro con almendras para acompañar mientras suena una música suave en el Blanc. No oyes gritos, no ves muchedumbre. El espacio es blanco y limpio, y el silencio a veces queda rasgado por el ruido de alguna inportuna aspiradora que quiere dejar más impoluta todavía las moquetas y las alfombras.

Visito Jaimes, esa librería de infancia que conserva sus sabores de antaño en un frasco de estanterías repletas de libros y de pasado. Me hago con el último Goncourt recién llegado.

Luego tengo esa comida con Mary y Ernest, tras visitar a Luis y charlar un poco de ópera, intentándole convencer de que aparque un poco a Mozart y se decante esta temporada por una Bohème en el Liceo.

La cámara del iPhone se enamora de Mary, de la copa, de las luces del restaurante o de las tres cosas y capta esta imagen tras los postres a la espera de los cafés y los hojaldres. La veo serena, tan serena como la copa de agua que se lleva los puntos de luz mientras ella, en segundo plano, busca una foto en su teléfono. Serena con esos hoyuelos que se le forman en las mejillas, mientras Ernest nos cuenta cómo va el trabajo, cómo van las cosas.

La tarde va cayendo, hago una visita pactada, voy a buscar un regalo, voy a conocer a alguien, respiro los aromas inconfundibles de los libros, ese olor a papel, a tinta y a estanterías repletas de historias cerradas y ordenadas que dormitan a la espera de ojos atentos, de sentidos despiertos y mentes curiosas en busca de la emoción y del placer intelectual.

Mi regalo se titula "Habitaciones Cerradas" de Care Santos. La dedicatoria en la segunda página, personalizada, que da las gracias " por acompañarme en este viaje a través del tiempo".

La tarde ha caído con el peso del plomo. Las luces de las calles se encienden, la gente llena la Illa en busca de un regalo, de una ganga, de una esperanza, de una alegría. Llego a casa, me siento en el sofá y escribo.

Mañana toca madrugar otra vez, pero solo hasta las tres. Víspera de Reyes que me cogerá abriendo las puertas de esas "Habitaciones cerradas" y retomando mi propia narración, que reclama mi atención.

Gracias Joan Bruna. Veinte minutos de conversación en un espacio cerrado abren esos universos que pocos son capaces de ver.

Y esos universos susurran a mis dedos que regresen al trabajo para dar vida a aquellos que esperan.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso relato, sí señor.

Gilbert Fadda dijo...

muchas gracias Anónimo!