viernes 11 de noviembre de 2011

Una mujer marcada

Salía del vagón del metro línea tres, esta tarde, tras una jornada poblada de números danzantes, de esos que no suman cuatro al ser dos más dos, sino los que tú ves y que en realidad no son, como si tus neuronas fueran las bolitas de una diabólica lotería de feria.

Leía en el teléfono las últimas noticias caminando por el andén y fue entonces cuando el ruido de unos tacones me sacó de la aburrida actualidad. Justo delante caminaba una mujer, joven, enfundada en un tejano. Larga melena recogida, pelo limpio, castaño. Caminaba como una gacela a cámara lenta, elegante, siempre con el mismo ritmo, nada acelerado, pausado. Alargó su largo brazo y posó su mano en el pasamanos de la escalera mecánica.

Ya cerca de la salida giró su cara y me ofreció su perfil, el perfil de una mujer extraordinariamente hermosa, y, justo ahí, al lado del mentón, una terrible cicatriz. Una de esas cicatrices que deja el paso del fuego.

Me siguió pareciendo tan hermosa, porque vi su gesto en sus ojos, esa mirada siempre alerta a la fijación de los ojos ajenos en ese punto. A mí me pilló mirándola y sonriendo levemente, una de esas sonrisas infantiles típicas del niño que ha sido descubierto hurtando un puñado de caramelos en una pastelería y que busca el perdón por la falta, y la recompensa por el reconocimiento.

Le dije hola. Se llamaba Amanda. Me dijo que ya sabía que todo el mundo se fijaba en su cicatriz, en esa huella que un accidente le dejó para siempre, a pesar de la brillante cirugía plástica que había hecho todo lo posible por disimularla. Hay mordeduras que no repara el tiempo, ni la intervención de las manos más diestras, le dije, pero no veo esa marca, de verdad que no la veo. Desprendes tanta luz. Le pregunté hacía dónde iba. Me contestó que se dirigía al Corte Inglés a comprarse unas botas que había visto el otro día. Le sugerí tomar algo en el Gourmet. Me sonrió.

Al momento me vi caminando solo, mirando al vacío, como suelo caminar cuando voy por las calles, los ojos en las páginas de un libro, la mirada en el interior observando una película que se pone en marcha cada vez que los pies avanzan hacia cualquier destino, perdido en mis mundos.

Porque la realidad es que nunca entablé conversación con ella, nunca me dijo cómo se había quemado la cara, ni me contó que quería ir a comprarse unas botas, ni tuvo que aceptar mi insensata sugerencia de ir a tomar un café al Gourmet.

Pero llegando a la plaza de la Concordia donde se arremolinaban los invitados a una boda que se había celebrado instantes antes pensé en esa mujer marcada, tan hermosa, tan bella, tan elegante que tomó una salida distinta a la mía y se perdió en las escaleras condenándome al olvido con su halo de misterio, de luz y de radiante belleza.

3 comentarios:

Lu dijo...

Es sorprendente ver cómo pueden atraparnos las personas desconocidas. Yo también suelo observarlas frecuentemente y más aún a las que transmiten cosas, luz, sin que uno entable diálogo alguno. De seguro se conocían de otro plano, de otra vida.
Ahora recuerdo una película, sin recordar su nombre (hace meses que lo busco en mi mente) que trataba de dos almas que se amaban y tenían que reencontrarse en la Tierra, en una vida terranal.
Pensamientos escritos sin pensar Gil. Hermoso tu relato. Besos.
(P.D.: tu novela?)

Begoña dijo...

Hay personas que llegan a nuestras vidas por segundos y se quedan para siempre en nuestro recuerdo. Son seres especiales por lo que transmiten.
Saludos

Gilbert Fadda dijo...

Lu
Mi novela...en proceso...un parto sin dolor pero largo...feliz año.
Begoña
Esos segundos, esas personas, esos momentos son precisamente los que yo llamo pura y simplemente "mis momentos de magia"...La magia, la verdadera, no es un truco, es algo que ocurre y deja en el cristal de tu ventana un vaho que se va deshaciendo con el paso del tiempo, pero sabes que alguien dejó ahí su respiración, su presencia, su momento.
feliz año!